
06 de febrero de 2012
El psicólogo Facundo Blestcher advierte que la violencia que se produce en la escuela es una problemática compleja que no se reduce a una cuestión de indisciplina. Alertó que es la misma violencia que ocurre en la sociedad y que está determinada por la fragmentación del lazo social.
La institución educativa enfrenta múltiples demandas y hasta suple al Estado en muchas de sus obligaciones. Pero la cuestión de la violencia, que ha adquirido el carácter de lo cotidiano, la desborda.
Facundo Blestcher, psicólogo, profesor en las universidades de Buenos Aires, La Plata, Católica de Santa Fe y de la UNL (en el área de Extensión), sostiene que la «violencia escolar» se denomina así por el lugar en donde acontece, aun cuando no es distinta de la que se produce en el seno de la sociedad.
«Reducir la problemática a una cuestión meramente disciplinaria termina generando acciones de control o represivas sobre los alumnos que, lejos de resolverla, precipitan un agravamiento de las situaciones», sostuvo el psicoanalista que suele ofrecer talleres a docentes organizados por Amsafe La Capital.
Los cursos están destinados a brindar a los educadores categorías de análisis para poder reflexionar sobre este fenómeno complejo, porque la mayoría de las veces se parte de diagnósticos inadecuados, aclaró Blestcher. «Se debe tener en cuenta que no hay recetas mágicas, no hay saberes instrumentales para resolver esta problemática», fue su primera advertencia.
-¿Por qué hablamos de violencia escolar?
-Porque acontece en la escuela; por el lugar y también por la implicación que tiene en el imaginario social. En general, la escuela es un espacio de contención de las angustias infantiles, de los anhelos y las preocupaciones de los adolescentes. A pesar de todo, y esto es muy conmovedor, los niños siguen yendo a la escuela, porque es el lugar donde experimentan el reconocimiento de sí mismos como sujetos, donde pueden ser pensados, escuchados, frente al nivel de desamparo que muchas veces se vive socialmente. Por eso, que la violencia acontezca en la escuela marca el nivel de gravedad de la problemática social.
-¿Cuáles son los factores que propician la violencia?
-Una de las primeras cuestiones a plantear es que la violencia escolar no es diversa de la violencia social. Otra cuestión importante es que la violencia social no es una problemática de clases, porque muchas veces hay una asociación un tanto apresurada e ideológica entre la violencia y ciertas clases sociales bajas. Eso limita enormemente la comprensión del fenómeno; hay formas de violencia extraordinarias entre los jóvenes de las clases acomodadas, bajo la forma de pandillas, patotas, y que en general no se toma en consideración con la misma alarma con la que se toman ciertos episodios delictivos o violentos en otras clases sociales. La violencia constituye primeramente un fenómeno que es social y está básicamente determinado por la ruptura del lazo social.
El docente, ante un desafío
-En la relación alumno-docente, que también es conflictiva, está habiendo cada vez más violencia en la forma en que los adolescentes se dirigen al docente. ¿Le llegan quejas de los profesores en ese sentido?
-Los docentes están angustiados. Saben que la escuela es una caja de resonancia de lo que acontece socialmente. Y cuando lo que socialmente sucede, resuena de un modo excesivamente ruidoso al interior de las escuelas, eso marca que las cosas no están funcionando bien. Por otra parte, la escuela constituye el último espacio de amparo social al interior de las instituciones públicas; es la única institución que persiste con una cierta entidad para generar protección social de los débiles, amparo. En algunas comunidades es incluso la única institución en la cual el Estado, que ha abandonado la protección de los derechos sociales fundamentales, está presente. Con el nivel de anomia existente, la escuela sigue siendo el único espacio donde se lucha por la instalación del valor del conocimiento, de la palabra, de la importancia de la convivencia, y por apostar a la presencia del Estado, más allá de que en muchos casos, la tarea que realizan a diario los docentes está muy desamparada en sentido institucional. Los docentes están muy preocupados por los hechos de violencia, dado que se sienten comprometidos con su transformación.
-El docente se desespera porque no sabe qué hacer frente a esta problemática, cómo morigerarla, cómo hacer para revertirla.
-Hay muchas cosas que pueden hacer los docentes. La primera es recuperar la relevancia de las legalidades éticas; esta idea de que uno no se salva sólo, sino que el destino del semejante forma parte también de mi propio destino. Esto pasa también por generar las condiciones para reflexionar con los niños y los adolescentes, pasa por ver cuál es el modelo de país, de república, de convivencia que queremos construir. Nosotros venimos de un proceso de destrucción gravísimo de la Nación, de los principios republicanos, de la Justicia, un país edificado sobre la impunidad, sobre el genocidio, sobre una corrupción que ha hecho gala de su desarrollo, impunemente. Hay que generar, y eso es lo que hacen los docentes en muchos casos, instancias para reflexionar acerca de si éste es el estilo de convivencia, de lazo social que queremos para nosotros.
Adolescentes que no pueden ver su futuro
-También preocupa y mucho en las secundarias el desánimo, la apatía de los adolescentes, además de la agresión que manifiestan.
-Los episodios que protagonizan los adolescentes, que producen formas transgresoras, destructivas, son el efecto de haber perdido la posibilidad de pensar un futuro deseable para sí mismos. Acá es donde entra el lazo social: no alcanza con que una vida devenga valiosa para uno mismo, sino entender que el valor de la vida de uno es porque se ha tornado valiosa para el conjunto... por eso uno la sostiene y trabaja, no solamente para sí mismo sino para el colectivo, para el conjunto en que se está inserto.
Vemos a nuestros adolescentes profundamente anómicos, alcoholizados, apáticos, y es que les hemos quitado la posibilidad de pensar para sí mismos una vida deseable. Y esto es lo que después aparece bajo ciertas conductas, que lo que buscan es una satisfacción inmediata, una resolución de los conflictos por la vía más corta, que no es la palabra sino el acto. Justamente porque no hay nada que amortigüe el impacto traumático que tiene no poder pensar para uno un futuro mejor. Se ha roto el pacto intergeneracional que dice que los padres renuncian a ciertas satisfacciones, confiando en que esa renuncia por el hijo va a implicar que el hijo acceda a una posición mejor, y los resarsa a futuro del sacrificio que actualmente hacen. Eso está roto no solamente porque los padres no creen que los hijos puedan llegar a vivir mejor, sino porque temen que lleguen a vivir peor de lo que ellos mismos han vivido. Con lo cual se ve a los adultos desesperanzados, anómicos, deprimidos; estamos incapacitados para poder ofrecer a los adolescentes una promesa de la posibilidad de construcción de un futuro que se les torne a ellos no solamente deseable sino además realizable.
Y esto es lo que los adolescentes nos devuelven de un modo excesivamente crudo, cuando nos dicen «estudiar para qué», «trabajar para qué», si eso no me garantiza ninguna posibilidad ya no de realización y, esto es lo terrible, sino de inclusión en la lógica del mercado. Esto es lo que está en el origen de muchas formas de violencia, que nosotros observamos en los adolescentes ya sean de las más manifiestas y ruidosas hasta las que aparecen más larvadas, con esa forma de melancolía, abulia, desentendimiento que muchas veces es una forma defensiva de anestesiarse psíquicamente al impacto traumático que produce una realidad que los sobrepasa. Por eso también el uso de las drogas: para lograr un estímulo placentero, aunque sea fugaz.
Ruptura del lazo social
-¿Qué significa lo que habitualmente denominamos ruptura del lazo social?
-Cuando el «otro» pierde su estatuto de «otro», de un semejante, rápidamente se desdibuja la legalidad que sostiene la relación interpersonal, es decir, el lazo social. Esto es el enlace libidinal -diríamos los psicoanalistas- que nos sostiene al otro y que está regulado por una serie de legalidades, que no son solamente leyes en el sentido normativo, sino que son legalidades en el sentido ético, y que tienen que ver con la importancia de la preservación de los lazos con los otros. Hay sociedades donde efectivamente el lazo social tiene un espesor, una densidad, un valor que se mantiene más allá de las tensiones y de las diferencias que puede haber al interior de un colectivo que es heterogéneo.
Ahora, los argentinos, desde hace varias décadas, venimos padeciendo un proceso profundo de destrucción del lazo social: la dictadura militar, el genocidio, la desaparición de personas, la impunidad, la corrupción, la década de los 90 con el impacto que produjo un individualismo sostenido en la lógica capitalista. Todo esto ha impactado fuertemente sobre el lazo social, sobre la idea de que el otro es un semejante, produciendo esta ruptura que uno percibe en todos los intercambios, donde, cada vez más, los grupos de pertenencia quedan reducidos a la familiaridad más cercana, a los que son absolutamente iguales, y cualquier diferencia al interior del intercambio social rápidamente aparece connotada como algo peligroso, extraño y problemático.
Y cuando el otro deja de ser otro y, por tanto, semejante, rápidamente pasa a ser un extraño, ajeno, y enemigo. Que sea un ajeno quiere decir que yo puedo prescindir de su presencia o puedo no sentirme éticamente comprometido con su destino. Esto es justamente lo que ha producido el capitalismo: la idea de que cada uno se salve individualmente; y eso rápidamente construye la idea del enemigo. Ciertos discursos ideológicos y políticos reducen el problema de la violencia a un problema de seguridad, como si se tratara de defenderse adecuadamente del otro, y no de recomponer los lazos que unen en un destino común a todos los que tenemos la posibilidad de compartir una misma realidad.
Armas en el aula
Facundo Blestcher dice que habría que preguntarse qué motiva a un niño o adolescente a llevar un arma de fuego a la escuela. «Lo primero que preocupa es que tenga acceso a ella porque eso marca la caída de un sistema protector de la infancia, ya sea por parte de la familia o de los grupos sociales. Después, hay que saber cuál es el motivo por el cual la ha llevado: si para hacer una ostentación narcisista de un atributo que le da un cierto poder, si para resolver un conflicto por la vía del amedrentamiento o si efectivamente tiene la intención de producir un daño. En todos los casos, siempre debe haber una intervención que tienda a resolver la problemática subyacente», sugirió.
Mariela Goy
Fuente. Diario El Litoral, domingo 15 de julio de 2007.
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